Presentación nº 93 Aportes. Revista de Historia Contemporánea

Hipólito de la Torre Gómez, Paula Borges Santos

Resumen


Dos artículos sobre carlismo, el de Alain Pauquet sobre el exilio de Don Carlos en Francia, y el de Arturo Comesaña sobre la Tercera Guerra Carlista en Galicia abren el presente número de Aportes, que continua con un interesante análisis de Santiago de Miguel sobre la eclosión del maurismo en Madrid.

Demasiado amplio para ir en un solo número de la revista, el dossier que ahora se presenta integra los trabajos de la segunda parte del seminario, hace un año celebrado por el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED, sobre el pacto y las reformas políticos en la época contemporánea de los Estados ibéricos. El sistema liberal –implantación, estabilización y crisis– fue el objeto de estudio de los artículos de aquel primer dossier. Las tentativas imposibles de asegurar por vía de equívocos y tasados reformismos los sistemas dictatoriales (salazarismo y franquismo), y el alcance de los pactos en una hoja de ruta abiertamente democrática, inevitable en ausencia de las poderosas figuras de los dictadores, constituyen el específico horizonte de cuatro de los trabajos que en este número completan el dossier.

El lector atento detectará enseguida los problemas de fondo que plantean, discuten y, en su caso, resuelven los autores de esos estudios, que han indagado largamente en las peripecias ibéricas conducentes desde las dictaduras a las democracias. No fue posible la reforma, pero ¿por qué?, ¿cómo se ensayó? y ¿qué densidad tuvieron en cada uno de los países? Fue inevitable la ruptura, pero ¿por qué fue en Portugal impuesta por las fuerzas armadas, mientras que en España se inició desde dentro del franquismo y se negoció con las fuerzas de la oposición?

Las dictaduras ibéricas, fuertemente personalizadas, entraron en barrena con la desaparición de los dictadores. No hay duda. ¨Pero el modo fue distinto porque sus calados no eran idénticos. Salazar era casi el régimen. Franco lo era sin límites (su legitimidad era teológica, como rezaba la leyenda de las monedas). Los límites del salazarismo –instituciones y consensos internos- alentaban posibilidades de reforma, que el consulado de Marcelo Caetano largamente ensayó. El absolutismo franquista solo podía dejar la herencia del más completo vacío, insuperable a la tentativa de Carlos Arias. El legado de continuidades posibles y –caso de la defensa colonial– ineludibles, condujo al régimen portugués a un colapso solo despejado por la fuerza de las armas –mucho menos obedientes al poder que las españolas. La generalizada –y acertada– conciencia de que el franquismo no era otra cosa que Franco, alumbró en España el propósito de una nueva planta política negociada y consensuada entre los más lúcidos huérfanos del régimen y el pragmatismo de las oposiciones democráticas. El miedo a repetir la guerra, el mayoritario sentir pacifista de la sociedad, la propia lección portuguesa contribuyeron al modelo español de ruptura pactada.

Curiosa paradoja: las oportunidades reformistas del régimen del Estado Novo trajeron la revolución; la falta de ellas en el régimen de Franco impusieron la negociación. Las consecuencias inmediatas fueron considerables. Portugal transitó a la democracia desde el combate y la victoria (en las urnas, en la calle y en los cuarteles) de las fuerzas democráticas sobre revolución “progresista”; España, sin soluciones legales de continuidad (“de ley a ley”), ni legitimidades alternativas en pugna, que el pacto histórico sobrepasó. Y, por primera vez, la asincronía coyuntural de sus respectivos caminos (abril del 74/noviembre del 75) convivió sustancialmente con el respeto entre los quisquillosos vecinos peninsulares que, sobreponiendo a los naturales recelos la convivencia y la amistad recíprocas, demostraron que el famoso “pacto ibérico” había llegado a ser más que interesada retórica y mucho más que un pacto de sangre entre dictadores: la actitud española (sobre todo de Franco) en ese “verano caliente portugués”, culminado en el asalto y destrucción de las sedes diplomáticas y consulares de España en Lisboa y Oporto, no deja la menor duda. Ya lo había dicho el “Caudillo” a los norteamericanos tres meses antes en su palacio de El Pardo.


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